Parte de mi historia, la que hoy me trae hasta aquí, empezó realmente cuando perdí a mi padre con tan solo 20 años. Estaba en segundo año de carrera iniciando un nuevo vuelo hacia la vida adulta y dibujando mis propios sueños y metas, pero todo se truncó.
Recuerdo que de pequeña siempre tuve pesadillas horribles con el miedo a perder a mis padres. Ha sido algo que me atemorizaba y que seguramente tuviese alguna explicación en aquel momento…pero igualmente, nunca estás preparada para ese golpe.
Tenía una enfermedad crónica, pero su muerte fue tan repentina que no hubo tiempo a despedidas.
Con mi padre tuve una relación emocionalmente fría. Teníamos el mismo carácter y él era muy exigente conmigo. Era una persona reservada que ahora tengo la sensación de no haber conocido. Creo que siempre intentó huir de sus propios fantasmas trabajando de lunes a sábado sin disfrutar nunca de unas vacaciones. Siempre estuvo dedicado en cuerpo y alma a su trabajo y a no pasar mucho tiempo en casa.
Pese a su dedicación y trabajo, a medida que fui cumpliendo años también pude descubrir que en el fondo me quería y que lo que le costaba era demostrármelo. No olvidaré nunca la única vez que me dijo que estaba orgulloso de mí después de aprobar selectividad, creo que mi cerebro hizo el esfuerzo de guardar ese momento intacto porque sabía que no volvería a escucharlo nunca más.
Hoy en día soy capaz de analizarlo todo con perspectiva y en el caso de mi padre me da pena no haber descubierto nunca los motivos reales por los que escapaba de sí mismo. Cuando murió supe muchas cosas de él que otras personas me contaron y que no se correspondían con lo que a mí me demostraba, incluso que cuando hablaba de mí le brillaban los ojos y trasmitía ese orgullo que jamás supo hacerme llegar.
Fuese como fuese, era mi padre. Un pilar firme que con su disciplina y exigencia me hizo ser la persona responsable y autosuficiente que soy hoy en día. A veces pienso que él ya sabía todo lo que me iba a pasar y por eso me preparó desde muy pequeña a saber buscarme la vida sola sin necesidad de depender de nadie.
Creo que su parte más vulnerable la pude ver en su último año de vida, cuando no tuvo otra que lidiar contra una enfermedad que nunca supo gestionar. De ser un alma libre e independiente pasó a depender de profesionales sanitarios y de los cuidados familiares que nunca pensó llegar a necesitar. En ese momento mi relación con él se estrechó mucho y aunque aún me pesa no haber compartido más momentos juntos, creo que se ha ido sabiendo que para mí era una de las personas más importantes de mi vida.
Nunca tendré palabras para describir el dolor que sentí cuando supe que lo había perdido para siempre. Mi vida dejó de tener sentido durante muchos años y desde ese momento tuve que asumir responsabilidades para las que no estaba preparada. Como hija única no pude compartir el dolor con un igual y las personas que consideraba amigas en aquel momento fueron alejándose porque yo también me aislé intentando hacer frente a las consecuencias de una especie de tsunami.
Quizás con su pérdida, hace casi 11 años, empieza mi verdadera historia. La que hoy me trae hasta aquí, la que durante todo este tiempo ha marcado el éxito y fracaso de mis relaciones personales. Quizás perderlo ha sido perderme y no tenerlo a mi lado me hizo buscarlo en otras personas y lugares que hoy sé que fueron los equivocados.
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