Qué gran pregunta, ¿Verdad? ¿Por que a mi? Me la he hecho tantas veces intentando buscar una respuestas al dolor, que he perdido la cuenta. Y no lo digo desde el victimismo, sino desde la impotencia que muchas veces he sentido por no saber hacer frente a todos los desafíos que he tenido mi vida a lo largo de muchos años.
Mientras mis amigos y conocidos celebraron sus primeras fiestas y volaban ya hacia esa libertad que todos soñamos cuando somos jóvenes, a mi me tocó sostener los silencios de una casa rota y desviar un cerebro revolucionado propio de mi edad hacia una disciplina y responsabilidad que no me correspondían y que odié con todas mis fuerzas.
Compararme ha sido quizás la peor inversión de tiempo que he hecho en este tiempo. Solo cuando lo pierdes todo y ya no te queda nada a lo que agarrarte crees que todo lo que publican las demás personas en redes es mucho mejor que la pesadilla que estás viviendo en casa, encerrada en tu habitación y metida en cama durante horas, días e incluso semanas. Pero pese a ser una costumbre que no ayuda y no aporta soluciones, ¿Quién no lo ha hecho? ¿Quién no ha envidiado esas sonrisas cuando solo tenemos ganas de llorar? ¿Quién no ha querido escaparse lejos de algún infierno o cambiar su vida por la de otra persona aunque solo fuese un momento?
Quizás hoy entienda que la única comparación que debo hacer es conmigo misma valorando el camino recorrido y los obstáculos que he ido sorteando, pero tampoco quiero mirar hacia otro lado sin ser consciente de que haber cambiado el disfrute y el autoconocimiento propios de la juventud por imperativos como «tengo que» o «debo de» también han dejado cicatrices. Cicatrices y heridas emocionales vinculadas a la pérdida de etapas y experiencias que me alejaron de mis iguales, que convirtieron mis vivencias en supervivencia y arruinaron las bases sobre las que se asienta cualquier persona en su etapa adulta.
Desde aquí y aunque en algún momento lo concretaré más, pido disculpas a todas aquellas personas que intentaron entenderme y no lo han conseguido; o que quizás hayan querido sacarme del pozo sin saber que estaba ya tan cansada de intentar salir de él que no tenía fuerzas para agarrarme. En muchos momentos tiré la toalla y tiempo después logré salir a flote, pero nunca pude decidir cuándo ni cómo. La razón de todo esto solo la pude entender muchos años más tarde, y creedme: no ha sido fácil ser consciente de ello.
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