Lo que de verdad importa

Es curioso, pero siempre aprendemos a valorar lo que tenemos una vez lo hemos perdido. De pérdidas y despedidas va este blog, mi vida, mi historia…aunque hay algunas que marcan más que otras.

Recuerdo que hace unos años ansiaba poder romper con el dolor que me habían provocado sucesos ajenos a mí y gritar de rabia, en muchas ocasiones, que necesitaba ser yo la que por fin se equivocase, darme ese permiso, fluir, errar, aprender de mis propios errores. Quizás eso forme parte de nuestra etapa niñez, pero cuando el imperativo siendo niña ha sido siempre el de «no molestar» o «no preocupar», en el momento en que la vida nos da una tregua, necesitamos experimentar ciertas emociones desde nuestra propia experiencia.

Equivocarse es humano, si, pero asumir las consecuencias de muchos errores duele mucho más cuando eres consciente de ellos y sabes que a veces, aunque no lo hayas buscado de forma intencional, has hecho daño a personas que te querían, te apreciaban o podrían estar orgullosas de ti.

Pero, ¿Qué pasa si esos errores los cometes de forma totalmente inconsciente de esas consecuencias y motivadas por un «hambre» invisible de ser «parte de algo» a lo que nunca vas a pertenecer?, y me explico: ¿nunca habéis querido formar parte de algo y transformado vuestra forma de ser o pensar para poder encajar?, ¿nunca sentisteis esa sensación de miedo al rechazo?. Cuando estás dentro de ese contexto es imposible verlo, pero una vez coges vuelo y analizas todo con perspectiva y pasado el tiempo, es increíble lo que podemos llegar a transformarnos por recibir esa caricia en la espalda que en el momento parece llenarnos y realmente disfraza esa dificultad de poder buscar el verdadero valor dentro, en lugar de mendigarlo a otras personas.

En este capítulo de mi vida quizás sea este una de las muchas cosas a las que le doy vueltas e intento trabajar cada día, pero hace falta buscar herramientas que nos ayuden a arreglar primero ese agujero por el que se nos escapa el valor propio con el que ya nacemos y que vamos adquiriendo con nuestra propia historia y con el paso del tiempo.

Lo que de verdad importa a veces se va, sin poder retenerlo aunque gritemos y lo agarremos con todas nuestras fuerzas. Y cuando ya no está, cuando deja ese vacío que desgarra por dentro, cuando ya debilita hasta matar a esa parte de nosotras mismas, es cuando la vida lo transforma en aprendizaje y nos baja de nuevo al suelo.

Ojalá nunca tener que decir adiós, sobre todo a esas personas que algún día han sido las destinatarias de muchos «te quiero». Y no hablo de amor, hablo de amistades, de familia, incluso de personas que no tenían un rol claro en nuestras vidas pero han hecho especiales muchos momentos.

Sentada en esta cafetería con un café delante y muchas letras escritas sobre un papel en blanco, miro a esa pareja que sonríe mientras habla. Ojalá poder decirles que cuiden ese momento y lo valoren lo suficiente por si algún día se convierte en un recuerdo.

Posted In ,

Deja un comentario