Atardeceres

Entre cristal y cristal, la vida siempre regala pequeñas puestas de sol que nos permiten coger aliento para el siguiente capítulo. Hablo de las puestas de sol literarias, pero también de las reales; de esas que, sentada en una roca, te permiten contemplar el poder curativo que tiene la naturaleza.

Me gustan, sí, me gustan mucho las puestas de sol. Nunca hay dos iguales, pero siempre son perfectas. Con más o menos tonalidades rojas en el cielo, con más o menos nubes; en el mar, en la montaña o simplemente a través del retrovisor del coche de camino a casa después de trabajar.

Con el paso de los años disfruto más de esos momentos de pausa que nos regala el sol al irse, avisándonos de que otro día se acaba. Pero también debo hablar de la nostalgia que guardan muchos de esos instantes, cuando pienso que todas las personas que han formado parte de mi vida los han compartido conmigo… y que algunos no volverán a repetirse.

Sea como sea, una puesta de sol cura y alivia cualquier herida. Recomiendo verlas también en soledad, aunque a veces se escape una lágrima mirando el horizonte porque algún recuerdo te aprieta la garganta.

Yo descubrí la magia de estos momentos del día cuando se fue mi padre, gracias a uno de esos ángeles que se cruzan en nuestro camino y que, en mi caso, me cogían del brazo para llevarme a la playa más cercana y huir del ruido que tenía en casa. Quizás fue ahí donde entendí por primera vez que muchas veces también está en nuestra mano escapar de todo lo que nos ensordece, nos despista y nos aleja de lo verdaderamente importante: de nuestro bienestar, de nosotros mismos.

Debo admitir que a veces me cuesta no coger el móvil e inmortalizar estos momentos, pero nada iguala esta estampa vivida con una buena canción de fondo.

Para mí también son rituales: momentos de inicio y cierre de etapas, espacios para analizar y decidir o invitaciones a mirarnos hacia dentro y pensar en lo que hemos sido, lo que somos y lo que nos gustaría ser. De eso ha ido el día de hoy, en el que escribí estos párrafos frente a un mar enfadado, sentada en una roca, con un bolígrafo y una libreta en la mano. Tocaba cerrar muchas cosas, transformar culpa en aprendizaje y entender que cada cicatriz refleja una herida cerrada.

Al terminar de escribir esto, veo un pescador. En realidad ya estaba ahí cuando llegué, pero no me había fijado en él hasta ahora. Sentado solo en su silla, espera con calma a que un pez pique el anzuelo y, al fondo, tiene una preciosa puesta de sol. Inmortalizo ese instante con una foto y sonrío al verla por la magia que encierra.

Es curioso, ¿verdad? Nadie diría, viéndolo desde aquí, que seguramente él también sostiene su propia historia: la que lo hace escapar al mismo sitio que yo y llenarse de paciencia entre lance y lance, sin espectativas, pero algrándose si finalmente puede llevar algo a casa en ese cubo que tiene al lado.

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