Vivimos en la era de escribir mucho y hablar poco, de vivir sin sentir, de correr a todos sitios sin saber a dónde queremos llegar, de buscar likes y de ignorar lo esencial.
Con poco más de trece años utilicé por primera vez la palabra esencia. Así se sigue llamando mi primera carpeta privada de canciones en mi canal de YouTube y así prometía a mi mejor amigo de la adolescencia seguir creciendo sin perder la nuestra. Sin embargo, la rutina y el ajetreo del día a día hacen que vayamos olvidándonos de lo importante que es ser nosotros mismos y cultivar nuestra mejor versión, convirtiéndonos en ratas de laboratorio de una sociedad que, bajo la prisa, nos vuelve invisibles y cada vez menos humanos.
Un beso en la calle.
Un abrazo en el supermercado.
Contemplar el aleteo de una mariposa.
Mirar la luna durante horas.
Enviar un “te quiero” a quien te importa…
O incluso escribir mensajes que quedan como borradores en el correo o en el teléfono, llenos de cosas por decir que, una vez escritas, se convierten en un simple “bah, da igual”.
Yo soy experta en esos “bah, da igual”, porque tengo muchas más notas guardadas como borrador que mensajes realmente enviados. ¿Por qué? Os preguntaréis. A lo que yo respondería con un “no procede”, un “ahora es tarde” o cualquier otra excusa que sirva para no exponerse. Y sí, reconozco que muchas veces acabo dándole a enviar, jugándomela a cara o cruz… y no obteniendo respuesta, o teniendo la suerte de recibirla sin que sea la que yo esperaba.
Creo que una de las cosas que más aborrezco es vivir a medias y tener que pensar cómo decir lo que sientes de verdad; eso que te remueve por dentro, que te hace acordarte de alguien, que te hace sentir viva. Pero lo hacemos. Vivimos a medias porque, de lo contrario, nos salimos del molde, de lo que se espera de nosotros, o corremos el riesgo de equivocarnos aunque el “¿y si…?” nos ahogue por dentro el resto de nuestros días.
En el fondo, estos cristales rotos que dejo por aquí son el resultado de reconstruir muchas de esas notas que fueron borradores en mis libretas, en mi teléfono o en mi memoria; palabras que, por las circunstancias de cada momento, nunca vieron la luz ni llegaron a sus destinatarios. Y es cierto que hay cosas que, si no se dicen a tiempo, caducan y pierden valor. Pero escribirlas fue para mí el cierre necesario: la forma de despedirme sin conflicto ni desgaste emocional, de cerrar puertas para las que no tenía herramientas suficientes, de asumir que hay cosas que no duran para siempre… y que eso también está bien.
Hace pocos meses, una amiga me recomendó el libro Las gratitudes, de Delphine de Vigan. Probablemente, si lo leéis, entenderéis por qué en algún momento me he replanteado si algunos de esos borradores deberían dejar de serlo algún día. Quizás no todos nacen para enviarse. Algunos existen solo para recordarnos que fuimos capaces de sentir, de nombrar lo que dolía, de poner palabras donde solo había silencio. Tal vez escribirlos ya fue un acto de valentía, una forma de no traicionarme del todo.
Hoy dejo estos aquí, como quien deja una nota en una botella. No sé si algún día llegarán a puerto o si seguirán arrugados entre mis cristales. Pero mientras sigan escritos, sé que sigo viva… y que mi esencia, pese a todo, aún lucha por sobrevivir.
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