Navidad…

“Feliz Navidad”

“Felices Fiestas”

“Feliz…”

Envidio a todas las personas que llegan a estas fechas empoderadas de espíritu navideño y llenas de ilusión.

Pasa el tiempo y cada año tengo más claro que el consumismo que envuelve la Navidad no nos hace mejores personas, ni tampoco la falsa hipocresía que rodea muchas mesas, en las que las familias se reúnen solo para aparentar conocerse cuando, en realidad, no es así.

Quizás esté siendo muy crítica y poco objetiva, porque a mí estas fechas me aprietan fuerte por dentro desde hace años. Desde que mi padre no está, nada ha vuelto a ser igual. A lo largo de estos doce años he pasado estos días en diferentes casas y con diferentes familias —incluida la mía— sin encontrar nunca ese lugar tranquilo en el que sentirme a salvo. Mi lugar. A veces solo he buscado poder pasar unas horas agradables, sin máscaras, sin falsa felicidad ni familiaridad forzada.

También puedo decir que algunas pocas veces he tenido la suerte de “salvarme” de la presión social y pasar estos días sola, en mi casa o en una casa rural. Lejos de la nostalgia que me devuelve a mi versión niña, esa que, ajena a la realidad que la rodeaba, esperaba con ilusión a Papá Noel y a los Reyes Magos.

Guardo el recuerdo de mi abuela materna un año, muy metida en su papel, bajando las escaleras de su casa para decirme que había visto a Papá Noel… y llevándome de la mano hasta el lugar exacto donde, por supuesto, me esperaba un regalo.

La niñez sí que tiene ese poder: es más fácil sentirse bien cuando somos ajenos a la verdad que cuando somos adultos y cargamos con ella a la espalda.

¿Sabéis? A veces es muy difícil dejar de formar parte de los planes de otras personas por miedo a incomodar o a que les parezca mal. La Navidad tiene ese mensaje subliminar de “deberías” que nos convierte en egoístas si decimos “no” y priorizamos nuestra paz y nuestra salud mental.

Y yo me incluyo. Durante estos doce años he sido como una bola de pin-pon rebotando de casa en casa. Nunca nadie ha entendido que yo no quiero formar parte de este teatro. He tenido que mentir para poder escaparme y buscar, siempre que he podido, ese silencio tan necesario.

La soledad no deseada muchas veces viene acompañada de la soledad elegida cuando lo que te rodea no llena ni aporta. Y sé que no soy la única persona que se siente así.

Hoy, acurrucada en mi sofá, con una manta encima y una infusión caliente entre las manos, pienso en todo esto. Ojalá hubiese silencios que no doliesen tanto y fechas menos impuestas, en las que no nos viésemos obligados a hacer balance, a echar de menos, a recordar lo que fue y ya no es.

Si leéis esto, solo deseo de verdad que podáis buscar vuestro lugar y ser vuestra mejor versión, incluso en soledad, en vuestra casa, con una vela encendida y música suave de fondo.

Yo me uno a vuestro equipo.

Al de los valientes

Posted In ,

Deja un comentario