Algo he aprendido a lo largo de mi camino y es que todos cargamos con nuestra propia mochila. Mochilas llenas de historias y recuerdos que, en su conjunto, nos hacen ser quienes somos.
Es probable que me encuentre en el momento más introspectivo de mi vida. Coincide con que he perdido muchas cosas importantes y, por primera vez, tampoco tengo a nadie a quien salvar (hablaré de eso en algún momento). Solo cuando la soledad aprieta y consigue no ahogar mucho, es cuando sacas los mejores aprendizajes. También es en estas etapas cuando surgen análisis profundos sobre nuestra forma de ser, preguntas que nos ayudan a entendernos…o a perdernos aún más en los porqués.
El caso es que mientras cometía ese error diario de hacer scroll en una red social, mi cerebro, en paralelo al movimiento automático de mi dedo, estaba pensando en las vidas de todas esas personas que felices, logran sus objetivos y los comparten con el mundo. Eso me hizo detenerme y escribir esto, porque siempre temino en el mismo punto:
¿Y yo?
¿Por qué no consigo ser nadie?
¿Por qué no tiene sentido nada de lo que hago?
¿Por qué me siento estancada desde hace años?
¿Por qué no soy suficiente?
Y no son preguntas sin más. A los hechos de mi vida me remito. Tengo la sensación permanente de dar siempre lo mejor de mí en todo lo que hago para que, por el motivo que sea, mi esfuerzo arda y se convierta en cenizas. Hablo de trabajo, amistades, relaciones…incluso de roles públicos o privados en los que he sido parte activa. Siempre pasa algo. Siempre aparece una piedra enorme que no soy capaz de saltar y en la que consigo caerme y hacerme daño, mucho daño.
Os prometo que esto lo he analizado mucho. A veces hecho mano del «destino» para intentar calmarme y pensar que algo o alguien, en algún lugar, quiere enseñarme una lección que no consigo aprender. Otras veces me culpo por ser incapaz de terminar etapas sin desangrarme por el camino. Y otras, aunque pocas, intento reírme y pensar que todo esto es parte de una comedia y que, en algún momento, alguien gritará que el rodaje se ha terminado.
Cuando os hablaba al principio de que esto versaría sobre un montón de cristales rotos, entre ellos se encuentra esa sensación permanente de no ser suficiente, con la coincidencia de que todo lo que me ha pasado hasta el momento es justo un: «Ves, otra vez!», que parece que persigo de forma inconsciente.
Ahora lo veo todo desde otra perspectiva, gracias a mucha terapia y trabajo personal. Y aunque siga trabajando en buscar respuestas, también puedo decir que si las cosas no han sido diferentes, fue, en parte, por que siempre me he rodeado de personas que drenaron mi energía y que nunca han sabido (o no han querido) dirigir mis pasos hacia otro final. Y si, lo sé, eso dependería solamente de mí. Pero cuando desde tan pequeña has estado tan hambrienta de ser «alguien», cualquier migaja es suficiente para llenar el estómago.
A veces me gustaría gritar, decir en alto «estoy aquí», dejar de ser lo que los demás esperan de mí, dejar de agradar, dejar de contentar…y ser esa versión de mí misma que, queriendo ser vista, se convirtió en un fantasma.
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