Soltar

Soltar.

Dejar de salvar.

No sentir culpa.

Cuidarse.

Así es como me siento. Esta entrada la escribo desde el dolor. Una vez más, la historia se repite. Toca soltar, aunque desgarre por dentro la idea de saber que esta vez también será para siempre.

Hace unos años y a raíz del alcoholismo de mi madre, la vida me enseñó a ser fuerte, a pensar en mí e incluso a tener que salir corriendo de un contexto que me hacía daño, que me ahogaba y no me dejaba vivir. Y es curioso que hace unos meses la vida me haya puesto en la misma escena para enseñarme cosas que en aquel momento no debí entender bien.

Algún día entraré de lleno con lo que conlleva vivir cerca de una persona con adicción, pero mientras no busque fuerzas, solo me queda visibilizar el infierno que vivimos los coadictos a su lado. Juro que pensaba que ya lo sabía todo, pero aunque de diferente forma y con una persona diferente, he vuelto a tocar el suelo por querer salvar a quien no quiere ser salvado. Porque esto es lo que significa la adicción, lo que me ha enseñado: «si la persona no quiere ni tiene voluntad, nunca se podrá evitar que caiga en el avismo».

Cuando lo pienso en frío, busco metáforas para comprender todo esto, pero siempre acabo rindiéndome y pensando que es absurdo explicar algo tan desconocido. Solo se puede entender si lo has vivido. Solo duele así si has querido de verdad a la persona que sabes que lo está perdiendo todo.

Confías, crees lo que te dice, entras en su dinámica, sientes pena,m, abrazas sus mentiras, besas su realidad y de repente…plash! Te das cuenta que todo eso que has sentido, ha sido parte de un juego mental promovido por una droga (da igual cuál sea).

Durante meses me he culpado por sentir y caer de nuevo en ese juego. Por arriesgarlo todo y querer ayudar a alguien que no lo merecía o no es consciente de lo que hace. Por querer a una persona que no se quería a sí misma. Por creer cada palabra. Por arriesgar mi vida y mis relaciones personales. Por pensar que podría tener una barita mágica que pondría fin a un problema que no era el mío.

Y ahora, casi un año después de todo esto…abrazo a mi niña. A esa que con sus heridas sin curar, buscó ser vista por la persona equivocada, la que cayó de lleno en una espiral que removió mi historia y que casi me cuesta la vida. Sí, la vida.

Porque creer en cosas que no son reales te llena de culpas invisibles y hace que te sientas muy pequeña a la vista de quienes no han vivido esto en primera persona. ¿Porque quién distingue un abrazo real de uno de mentira cuando lo que necesitas es consuelo?, ¿cómo se aprende a dilucidar si las palabras son manipulación?, ¿como se espera a que vuelvan a traicionarte?, ¿cómo puedes evitar no caer en algo que parece tal real?

Es probable que esos cristales que definen este blog y también mi vida, se hayan hecho todavía más pequeños tras esta caída. Prometo que no lo he buscado de forma intencional. Juro que el dolor que ya había antes de todo esto era suficiente. Pero creí, sentí, abracé e hice lo mejor con lo que supe y sentí en ese momento.

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