Decirlo a tiempo

Hace ya muchos años recuerdo que estaba haciendo cola en un supermercado y escuché esa frase por primera vez. Era una madre a su hija; se agachó y le dijo: «eres especial, nunca lo olvides». Me pareció siempre un momento precioso. Ojalá todos pudiésemos oír eso alguna vez en la vida.

Hace unos años, hablando con el que por entonces era mi mejor amigo, comentábamos justo esto: la importancia de dejar ver a los demás lo importantes que son para nosotros y demostrarlo antes de que fuese demasiado tarde. Con el paso del tiempo, el trabajo y todas esas obligaciones inventadas que nos imponemos al hacernos adultos, casi había olvidado esto. Cuando era adolescente me pasaba días y meses haciendo regalos para mis amigos, escribiendo cartas, demostrándoles lo importantes que eran para mí. Luego la vida y todas esas obligaciones que mencionaba antes hicieron que esa parte de mí se haya dormido, aunque tuve la suerte de redescubrirla de nuevo hace poco tiempo.

A veces, y tras muchas caídas, llegamos a la conclusión errónea de que nadie merece ya nuestro esfuerzo; nos cegamos con la desilusión y dejamos de creer en la magia de la amistad. Y es cierto que cada vez vivimos en una sociedad más individualista, en la que las relaciones personales son cada vez más superficiales, pero también es cierto que es imposible que a lo largo de la vida no aparezca alguien que nos convierta en mejores personas y saque esa versión nuestra que estaba dormida a la luz.

Me gusta llamar «destino» a esas casualidades, al conjunto de situaciones que por alguna razón dan un giro a nuestra vida; a las personas que aparecen para enseñarnos algo, a esa canción que suena de repente y te recuerda a alguien o a ese olor que nos devuelve a un momento. Pero, sin irme por las ramas… ¿por qué nos cuesta tanto decirle a las personas que fueron importantes para nosotros que lo fueron? ¿Por qué nos cuesta cerrar historias? ¿Por qué preferimos un adiós sin despedida en condiciones?

Sea como sea, hay vivencias que a mí me han hecho reflexionar sobre todo esto, a sentarme en el suelo y pensar que a veces esos cristales punzantes pueden ser menos dañinos si los pules o aprendes a cogerlos con cuidado.

Siempre escribo sin guion, pero siempre hay un momento que detona cada historia y cada palabra. Comentaba en entradas anteriores que en mi vida se acumulan despedidas, la mayor parte de ellas en forma de «huida», que avivaron mi sentimiento de abandono y el miedo a quedarme sola. Es por eso que cada día valoro más hacer ver a las personas que me aportan que lo hacen y la forma en que lo hacen. Todos merecemos nuestro reconocimiento y, aunque haya decepciones, solo con gratitud seremos capaces de perdonar y soltar para poder avanzar.

Quizás no siempre sepamos cómo ni cuándo hacerlo, ni encontremos el momento exacto. Quizás a veces lleguemos tarde o lo hagamos a medias. Pero decirlo, aunque sea una vez y con miedo, puede cambiarlo todo. Creo que es un acto de amor hacia los demás y hacia una misma. Nadie debería irse de nuestra vida sin saber que fue importante.

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