Manipulación

Manipulación

Maltrato

Nunca pensé que ambas palabras pudiesen formar parte de mi historia. Y sí, a estas alturas podría decir que analizándolo bien han estado más presentes de lo que yo creía.

He hablado ya en algún momento de la necesidad de validación, de ser vista, de sentirme importante ante ojos ajenos. He mencionado también que mi padre murió. Os conté que mi madre decidió ser alcohólica. Pues bien, un cóctel perfecto de vivencias a punta de pistola para cualquier alma oscura.

Me cuesta mucho mirar atrás y darle nombre a esa pesadilla. Confesar que he confiado en una persona que me utilizó en todos los sentidos de la palabra. Que se aprovechó de mi historia para ofrecerme una vida mejor. Que jugó con mis ilusiones para luego plantarles fuego sin que nada le importase. Me duele mucho ser consciente de que consiguió que mirase a través de sus ojos y durante días, semanas y meses solo creyese lo que él decidía enseñarme. Todo cambió: yo cambié, yo me aislé, yo mentí, yo me alejé, yo morí. Todo se transformó a mi alrededor sin darme cuenta, hasta el punto de no ser capaz de analizar mis actos de forma consciente para hacer lo que siempre hice: sopesar las consecuencias.

Sigo sin creer que haya sido capaz de huir de esa cárcel, de esa relación humana llena de silencios mezclados con momentos divertidos y llenos de complicidad. No me creo que se disipara esa bomba de gas (gaslighting); que un día decidiese dejar de ser la que complacía y a todo decía que sí para no molestar o enfadar; que una mañana ese puño en alto y un par de gritos activasen mis alarmas y huyese para siempre. Bueno, no, para siempre no. Tardé meses y muchas semanas en poder entender, asumir y asimilar, con todas las pruebas delante de mis ojos y encima de mi mesa, que me habían mentido.

No era especial, no era la más guapa, no era la más buena, tampoco cocinaba mejor y mucho menos era buena en nada. Solo era débil, una niña herida, un trozo de carne fresca que se reducía a dar placer al otro a cambio de cuatro frases bien elaboradas, un par de abrazos fríos y ese comodín final al que siempre recurría: “tu padre estaría orgulloso de ti”.

Creo que si nunca vives algo así en primera persona es difícil explicarse, que te entiendan, que no salgan de forma impulsiva frases como: “ya te lo dije”, “era visto” o preguntas como: “¿pero de verdad que no te dabas cuenta de cómo era?”

No, no lo ves. Y cuando ya lo ves es demasiado tarde. Ya estás dentro del juego. Ya has cedido, ya eres cómplice, ya dijiste muchas veces “sí”. Y cuando dices “no”, sale el monstruo, el que se enfada, el que te culpa, el que te llama loca por ver cosas que no son, la que inventa, la que se cree lo que dicen los demás, la mala de la historia. Y aparece el miedo, el miedo a sus reacciones, el miedo a enfadarlo, el miedo a que se vaya, el dolor cuando se va y te deja con la palabra en la boca, el que reaviva tu herida de abandono.

Hace un año un puño rozó mi mandíbula. Dije que “no”. Dije que sabía que me había mentido. Dije que sabía que me había usado. Le dije que lo había querido y dado mucho por él, y a cambio cerró el puño y levantó el brazo. Y me asusté. Y dijo que me largase. Y cuando me iba volvió a repetir esa frase que ya me había escuchado otras veces: “Si te vas, te arrepentirás”. Pero corrí, corrí a tiempo porque aún podía, aún seguía viva, aún tenía a quien pedir ayuda.

Luego vinieron los meses de culpa, de dolor para aliviar la sensación de asco hacia mí misma, de dolor por haber perdido cosas valiosísimas por el camino, de dolor por haberme perdido en esa historia.

Y sí, este es el cristal que dinamitó mi vida, el último fragmento, el que dio luz a este blog… el que aún sigue cortando si lo toco, el que aún no he logrado aceptar en mi vida. Fue la gota que colmó el vaso, la última guerra que sé que fui capaz de soportar.

Y hoy lo escribo, pero con la cautela suficiente que implica decir todo esto y siendo muy consciente de que podría no seguir aquí, que podría estar muerta si no decidiese correr.

Y hoy entiendo que correr no fue una huida, sino un acto de amor propio. Que sobrevivir también es una forma de valentía silenciosa y que, aunque aún duela mirar atrás, sigo aquí reconstruyéndome…

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