11 años

Entre la vorágine de lo negativo que he vivido a lo largo de estos años, también han pasado cosas buenas y positivas. Si miro atrás, siento que, por muy duras que hayan sido las montañas que he logrado subir, siempre acabo llegando a la cima y disfrutando de las vistas, aunque pronto se nuble y empiece a llover.

Comentaba en uno de los escritos sobre papel que mi padre se había ido tras el diagnóstico de una enfermedad crónica. También había escrito que para él había sido un capítulo inasumible en su vida y, aunque nadie esperó ese final repentino, aquel diagnóstico supuso un antes y un después en la mía.

Tenía 18 años y acababa de empezar mi andadura universitaria. Recuerdo perfectamente cómo me enteré, cuándo, a qué hora y su tono de voz en aquella llamada.

Cada viernes iba a buscarme a la parada del autobús. Nos llamábamos a mitad de camino para avisar de la hora aproximada de llegada. Pero aquel viernes todo cambió para siempre. Me dijo que no podría ir a recogerme y que lo haría mi madre. Estaba en el hospital. En la revisión que tenía esa mañana había salido mal un resultado y tenían que ingresarlo.

Ese viernes empezó hemodiálisis de urgencia.

No sabía nada de la enfermedad renal y, de repente, empecé a escuchar palabras como diálisis, creatinina, filtrado glomerular, coeficiente albúmina/creatinina, trasplante, nefrólogos… Mi cabeza explotó y la de él también.

Estuvo dos meses ingresado en el hospital y fue la primera vez que vi a mi padre llorar. Nunca asumió su enfermedad, el tratamiento y que aquello supondría la pérdida de la libertad que siempre había tenido.

Tardó mucho en adaptarse, pero hoy sé que, mientras yo intentaba seguir con mi vida universitaria, me perdí muchos capítulos de su día a día digiriendo lo que le pasaba. Me enviaba WhatsApps todos los días. Siempre estaba bien.

Cuando se fue supe que solo quiso protegerme.

A raíz de su fallecimiento y después de meses asumiendo la realidad que me tocaba vivir, quise visitar al personal del hospital en el que hacía tratamiento. Fue duro y bonito a la vez, porque todas las enfermeras tenían un buen recuerdo de él.

Nunca olvidaré el regalo que me hicieron cuando, llorando en aquel pasillo, una de ellas me dijo:

—No paraba de hablar de ti. Estaba muy orgulloso de ti.

A la salida tuve que sentarme.

Mi padre y yo éramos muy parecidos y siempre discutíamos por todo. Cuento con los dedos de una mano los recuerdos que tengo de él abrazándome o dándome un beso. Que ellas me dijeran aquello plantó en mí la semilla necesaria para buscar un motivo por el que salir adelante en medio de la tormenta en la que me dejó sumergida tras su marcha.

Me hice voluntaria de la asociación para la lucha contra la enfermedad renal y empecé a colaborar activamente con ellos. Hice mi Trabajo de Fin de Grado relacionando por primera vez en estudios españoles esta enfermedad con la Terapia Ocupacional y parte de mi población de estudio fueron precisamente miembros de esta asociación.

Terminé mi carrera, hice un máster y al verano siguiente sonó mi teléfono.

Había una oportunidad laboral en esta asociación y querían hacerme una entrevista. Miré al cielo en ese momento y creí en las señales por primera vez.

Del primer día como voluntaria han pasado ya once años.

Sigo trabajando aquí y creo que podría decir que, pese a muchas cosas, la balanza siempre se inclinó hacia el lado de las personas a las que, con mi trabajo, pude ayudar de alguna forma.

He conocido a cientos de personas y familias que conviven con esta enfermedad y solo puedo estar agradecida por ser testigo de grandes historias de vida.

La enfermedad renal es silenciosa y muy poco conocida si no te toca vivirla de cerca. Ese hándicap hace que quienes reciben el diagnóstico se sientan solos y poco comprendidos en muchos momentos.

Mi historia, la de mi padre, me ha permitido a lo largo de estos años entender y empatizar con cada palabra… y, sobre todo, con cada silencio. He aprendido a mirar y entender. He mejorado como profesional y sobre todo como persona y, como dije al principio, he podido poner siempre en el lado correcto de la balanza lo importante. 

Cuando trabajas con personas, cuando decides dedicarte profesionalmente a ayudar o a ser «bastón» de vidas que en algún momento pierden el rumbo, al final, aprendes a priorizar. Y esto lo digo porque en todo este tiempo he tenido motivos de peso para rendirme, para dejar mi sitio a otros, porque creí que no valía y así lo sentí y me lo hicieron ver en muchísimas ocasiones. Pero cada vez que una mano rozaba la mía y escuchaba sus «gracias», volvían a plantar en mí la misma semilla que mi padre.

Once años mirando al cielo y sonriendo. Once años de eterno agradecimiento.

Gracias, papá ✨

Posted In ,

Deja un comentario