Punto seguido, punto y aparte o punto final

Me gustan las conversaciones profundas. Entran dentro de esa personalidad “intensa” que me define y que, a veces, puede ser increíble o profundamente dolorosa.

Hace unos días debatía sobre la necesidad de crear vínculos afectivos nutritivos y sobre saber poner fin a amistades o relaciones de cualquier tipo de forma sana. En los últimos años ha sido un tema de conversación recurrente y me interesa conocer los puntos de vista de las personas con las que me encuentro en el camino o que forman parte de mi vida desde hace muchos años.

Todo esto surge de la reflexión sobre cómo nos relacionamos con los demás y, sobre todo, de las expectativas que creamos cuando conectamos con alguien. Mi experiencia me hace pensar que, a lo largo de mi vida, esas expectativas han sido siempre muy altas. Quizás por mi historia o quizás también porque nunca espero que los demás actúen conmigo como yo no lo haría.

Tengo la eterna sensación de que esas despedidas de las que he hablado en algún momento crearon en mí un trauma o una idea equivocada: que siempre tengo que aprender a decir adiós, incluso cuando no quiero hacerlo. A veces para salvarme a mí misma y no coger caminos equivocados y otras porque veo —o siento— que he dejado de ser útil para los demás.

Lo que me frustra y no sé cómo gestionar es la idea de que mi camino se separe de personas que han sido importantes en mi vida sin una buena despedida. Sin un adiós decente. Sin un último abrazo que cure la sensación de vacío que se queda cuando algo termina.

En medio de este debate nació la idea de los puntos seguidos, los puntos y aparte y los puntos finales.

Es probable que sea muy difícil escribir puntos finales. Ese dicho de que la vida da muchas vueltas es real y, si algo he aprendido, es que esas personas que algún día formaron parte de mi vida pueden alejarse y, muchos años después, volver a ocupar otro lugar.

Mi idea fue siempre la de poner puntos finales eternos: escapar, huir, no enfrentar el dolor y dejar la puerta cerrada con mil llaves para evitar volver a decepcionarme o sentir ese dolor o traición. Culparme, creer firmemente que era yo la que fallaba y distanciarme con la mochila llena de preguntas sin respuesta.

Hace un tiempo mi vida cambió. Tocó parar. Tocó sentarse en el suelo y analizarlo todo.

La culpa pudo conmigo en muchos momentos y esos puntos empezaron a moverse de sitio sin control. Hoy creo que realmente los finales no existen porque no estamos preparados para ellos, salvo con aquellas personas que se mueren y con las que, por motivos obvios, nunca podrá haber una nueva conversación.

Hace un tiempo entendí también que nos relacionamos por necesidades y que las demás personas no son culpables de no poder darte aquello que tú imploras y no eres capaz de encontrar en ti misma.

Entonces el debate sigue. Es eterno. Nunca termina.

Es increíble cómo hay grupos de amigos que, pasen los años que pasen, siguen igual que siempre. También es increíble sacar la valentía a la luz y saber alejarse de personas que no te aportan nada bueno ni te hacen ser mejor.

Y me pregunto:

¿Entonces qué he esperado yo del mundo para que a veces me sienta tan sola?

Algunas veces la respuesta me aprieta el pecho. Otras busco a la niña que necesita recibir —siendo ya muy adulta— un lugar en el mundo en el que sentirse segura e importante.

Hoy sé que esa soledad también tiene que ver conmigo y que nadie es responsable de ella, independientemente del lugar que ocupe el punto que se escriba…

Posted In ,

Deja un comentario