Hace casi tres años conocí a una de esas personas que llegan a nuestra vida solo para convertirla en un camino más llano y transitable. A las pocas semanas de conocerla, recuerdo haberle escrito una carta que terminaba con párrafo final en un folio diferente con una frase que decía algo así como «si un día dejo de estar en tu vida, nunca olvides que eres especial«. En aquel momento no entendí su reacción al leerla, pero de forma inconsciente y sin apenas conocernos, ya estaba despidiéndome o dando por hecho que en algún momento llegaría esa despedida.
Aprender a decir adiós ha sido una de esas lecciones que la vida me ha repetido una y otra vez. Muchas veces he elegido yo marcar distancia y apartarme, pero prometo que la gran mayoría de las veces ha sido el destino el que se ha encaprichado en arrebatarme momentos y personas que creía que serían para siempre.
Mientras escribo esto tengo de fondo «The Silence» de Manchester Orchestra, una canción que me ha acompañado a lo largo de estos años en los que tuve que entender que la vida está compuesta de despedidas dolorosas que dejan un silencio desgarrador al que nunca acabas de acostumbrarte.
Con 11 años perdí a mi abuelo. Fue la primera gran despedida, el primer «hasta siempre» consciente, el primer «adiós» definitivo. Ya en ese momento supe ver y entender lo efímera que es la vida y la importancia de disfrutar de las personas que quieres y te quieren. Esa niña vio también por primera vez los monstruos que acompañan a la muerte, el duelo y el dolor irreparable que dejan las buenas personas cuando se van.
Si echo la vista atrás, podría dibujarme sola sentada en un banco en medio de un jardín observando como todos los adultos que me rodeaban en ese momento lloraban la pérdida de un ser querido. Recuerdo el único abrazo que recibí de la única persona que me preguntó si yo estaba bien. Fue la primera vez en mi vida en la que conecté profundamente con esa sensación de soledad que me ha acompañado todo este tiempo.
Me ha costado mucho entender el nexo de unión entre la infancia y nuestro comportamiento cuando somos personas adultas, pero tras muchos años de terapia y trabajo personal soy consciente de lo que supuso que se hubiesen olvidado de mí en un momento en el que yo también había perdido a alguien importante y en el que mi espejo empezó a quebrarse en todos esos cristales sobre los que tendría que aprender a volar.
En esa partida tuve que aprender a entender que siendo niña mis emociones no tenían cabida y que tendría que sostener mi dolor en silencio al ser invisible frente al resto. Nadie me explicó que todo eso me dejaría marca en mi forma de ser y que a partir de ese momento ya empezaría a ser esa «persona rara» que empezó a ahogar lo que sentía encerrándose en sí misma y asumiendo que no tenía valor propio.
En este momento me acostumbré a callar mis duelos, a hacerme pequeña para no molestar y a entregarme a los demás con la esperanza de que alguien, en algún momento, me eligiera de verdad, se quedara y validara mis sentimientos.
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