Y toca abrir el melón de la coadicción, con el respeto que merece abordar un tema así.
Soy hija de una madre alcohólica. Todo lo que digo y explico es mi experiencia. Ojalá nadie sienta lo mismo nunca.
“Volar sobre cristales” ha sido, sin duda, mi gran logro a lo largo de casi 8 años. Mi padre se había ido y, en casa, tuve que sustituir el duelo de haber perdido mi sostén en la vida por el de madre y cuidadora de mi propia madre. Y creedme que no era lo que necesitaba en ese momento. Yo también tuve oportunidad de perderme, de rendirme… pero algo llamado destino quiso que me pusiera el chaleco salvavidas para intentar no ahogarme en aquella situación.
Ser familiar de una persona con adicciones sigue estando muy invisibilizado. A lo largo de estos años tuve que escuchar miles de veces frases como “cuídala, es tu madre” o “ayúdala, ella también te crió a ti”. Frases que vienen desde la distancia de no saber realmente el daño que hacen y, sin duda, que salen de bocas que no han vivido situaciones parecidas en sus propias casas. Pero sí, en algo estuve de acuerdo con ellos: la ayudé todo lo que pude y más, estuve a su lado, intenté ofrecerle apoyo y comprensión, me volví cómplice de sus errores, la perdoné… hasta que un día me dejé caer (literalmente) en la puerta de urgencias tras un episodio de agresión en casa y grité en alto: “hasta aquí”.
Ser consciente de cómo mi madre me mentía jurándome que no había bebido, cómo su red social se destruía, cómo se iba estrechando el apoyo familiar… y poder seguir respirando cada día era ya insostenible. Y cuando digo que las personas que vivimos de cerca todo esto estamos invisibilizadas es porque el sistema no está preparado para ayudarlos a ellos “si no quieren” ni para ayudar a las personas que luchan cada día por ver bien a quienes quieren.
Ser una persona adicta lleva implícita la mentira y la manipulación, hasta el punto de volverme loca cada vez que mi madre me hablaba y yo sabía que lo que decía no era verdad. La adicción es un medio para poder gestionar emociones enquistadas, una forma de sentirse mejor, de aliviar las penas… y pierden tanto la perspectiva de la realidad que incluso pueden llegar al punto de desearle la muerte a tu propia hija. Sí, eso lo he vivido. Y esto lo digo aún desde la rabia y el dolor, pero qué jodido es ver ese odio en la mirada de la persona que te trajo al mundo. Qué jodido es saber que lo que dice lo escupe el alcohol, pero luchar por disculparla aunque quien pronuncie cada palabra sea la persona a la que más quería en aquel momento.
A lo largo de 8 años he vivido situaciones que incluso yo, que retengo en mi memoria cada recuerdo, tuve que olvidar para poder seguir haciendo mi vida. Gritos, insultos, noches en vela, centros de desintoxicación, ingresos en psiquiatría, un sistema sanitario obsoleto para poder abordar esta enfermedad, un sistema judicial deplorable, la desprotección social, el estigma de la adicción y un largo etcétera que han calado muy hondo en mi vida. Mucho.
Me volví insegura, mi vida estaba vacía. Durante años llamaba a mi madre 10 veces al día para saber dónde estaba, qué hacía… a la espera de un nuevo accidente, un problema en el trabajo u otra discusión familiar. Si no cogía el teléfono, mi corazón se aceleraba: o se había pasado de la raya hasta el punto de quedarse dormida y no escuchar el teléfono o algo grave estaba pasando. Y empezaba la búsqueda, mis llamadas a conocidos y vecinos preguntando por ella… y mientras tanto yo en mi mesa de estudio o, años después, en mi puesto de trabajo. Dejé de vivir para sobrevivir. ¿Quién soy? Aún no lo sé del todo. Solo sé que, aunque me hayan tachado de mala hija, un día tuve que desligarme e irme de casa al haber agotado todos mis recursos y hasta mi propia salud en poder salvarla de un pozo que ella seguía cavando más y más hondo.
Podría decir hoy en día que tengo cicatrices de todo ese proceso, pero ojalá fuese solo eso. Perdí a mi familia porque no supieron ver que mi madre era mi madre y yo necesitaba ayudarla aunque ellos me pedían dejarla sola. Perdí amigos a los que les oculté por vergüenza mi situación y me perdí a mí misma queriendo recuperarme.
Tras chocar con muchas piedras, al irme de casa me rendí. No seguí llamando a tráfico cuando sabía que cogía el coche en mal estado, no volví a coger llamadas de los vecinos que se quejaban de que hacía ruido por las noches en el edificio, me despreocupé de las denuncias que le pusieron. Mi cuerpo no podía más y mi cabeza tampoco.
A día de hoy hace casi 3 años que no hablo con ella. ¿Qué me acuerdo cada día? Sí. ¿Qué me duele? Sí. Pero era ella o yo, y esas dos personas que vivieron conmigo de cerca todo esto saben que, cuando me rendí, todas las cartas de mi baraja estaban ya sobre la mesa.
Todo esto que cuento es duro, pero os diré que de todo ello he sacado varias conclusiones potentes:
Que solo puedes juzgar lo que has vivido. Que solo podemos cuidar si nos cuidamos. Y que la familia real no es la de sangre, sino la que te demuestra que quiere serlo.
Creo que a día de hoy incluso puedo dar las gracias por haber vivido todo esto, porque he acelerado la máquina del tiempo y pude madurar mucho antes de lo que me correspondía y darme cuenta pronto de cómo funciona todo este mundo en el que habitamos. Doy gracias también a las personas que, sin juzgarme, me han cogido de la mano en esa etapa de mi vida. Pero, si a alguien doy gracias, es a mí misma.
Todo esto supuso que haya crecido en mí la necesidad de buscar en las miradas ajenas la aprobación y reconocimiento que un padre o una madre no han podido darme. Hoy soy capaz de hacerlo yo misma, pero con cautela y muy insegura. Cuesta no necesitar un apoyo incondicional y tener hambre de frases como «todo va a estar bien» que toda hija debería poder escuchar.
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