El valor de la amistad

Me sobran dedos de una mano para poder contar a mis amigos. Lo comentaba en otros post, pero quizás sea la sensación de vacío que más me pese hoy en día. Con el tiempo he aprendido que el sentido de la amistad tiene un peso demasiado grande para poder sostenerlo.

Mi historia tiene muchos matices complejos de entender. Ni yo misma he estado preparada muchas veces para afrontar mis vivencias y aislarme ha sido siempre la mejor carta de mi baraja. No quise hacer daño con esto a la gente que me rodeaba, pero también entiendo que no todo el mundo entiende el silencio como algo que deba respetarse. Todos merecemos una explicación en algún momento.

La verdad es que, si lo pienso, yo tampoco sé si podría estar a mi lado en muchas de mis etapas. La amistad ha fallado en mi vida, sobre todo conmigo misma.

Hoy en día pienso mucho también sobre esto (¡y venga a pensar!), pero lo hago desde la compasión conmigo misma y muchísimo respeto a todas esas personas que han acariciado etapas a mi lado. Es probable que haya suspendido la asignatura de “cómo ser una buena amiga”, aunque ahora quiera volver a retomarla con toda la experiencia que el tiempo ha podido aportarme.

Valoro muchísimo a los que siguen, a los que están, a los que ya se fueron y también a los que, en “stand by”, siguen necesitando una explicación, un porqué, una razón para poder irse o quedarse para siempre. En ello estoy, intentando que las despedidas no vuelvan a formar parte de mi vida, pero respetando también a quien quiere irse incluso después de una conversación que llega demasiado tarde.

Estar en calma es mi prioridad. He logrado parar el ritmo de mi cuerpo, analizar, sopesar, entender. Solo de esta forma puedo aprender de mis errores y pulir a esa versión de mí misma que actuaba por picos de intensidad y se escondía bajo las sábanas cuando todo se ponía del revés.

Hace unos meses, y en relación con esto, descubrí el valor de saber pedir ayuda. Siempre he relacionado la debilidad con el fracaso, pero entendí que la gente que me rodea necesita escucharlo y sentirse igual de “útil” que yo necesito hacerlo cuando quiero a una persona. No hablo de sentirme menos, de culparme, de ahogarme yo sola en mis tormentas. Hablo de aprender a utilizar el teléfono en doble sentido y escribir un “necesito ayuda” antes de que la vida apriete hasta casi ahogar.

Como ya dije, de todo lo negativo que me toca vivir intento hacer un balance positivo cuando las cosas se estabilizan. ¿Resiliencia se llama a esto, no? Pues eso. Tocar fondo solo te enseña dos cosas: quién eres tú y quiénes son las personas que te rodean.

Hoy quiero acordarme de una persona especial. Hace 15 años que la conozco y, a día de hoy, creo que puedo afirmar sin equivocarme que es la amiga que a todos nos gustaría tener en nuestra vida. No es una relación diaria ni lo ha sido nunca, pero siempre supo estar, la mayor parte del tiempo respetando mis eternos silencios. Sé que debo sentirme afortunada y así me siento, porque me ha acompañado, pero también me ha dejado ser testigo de todos y cada uno de los momentos importantes de su vida. Es esa “hermana” que nunca tuve, la que me ha enseñado a llamar “familia” también a la que una elige. Ella me ha elegido y voy en desventaja, pero valoro enormemente cada gesto que ha tenido conmigo.

Tardé años en hablarle del alcoholismo de mi madre, la evité en el duelo de mi padre, esquivé siempre conversaciones incómodas para “agradarle” y huir de la incomodidad que implica verbalizar lo jodida que estaba en algún momento. Quería verla bien, no preocupar, no sentir esa horrible sensación que muchas veces tenemos por no ser capaces de pasar página y hablar durante meses de lo mismo. Pero ha estado, ha esperado… y no tengo años de vida para poder agradecérselo.

La amistad se cultiva, igual que la semilla de una planta. Es una metáfora recurrente, pero es tan real que no puedo ignorarla. Amigo es aquel que cuida, que riega, que saca las hojas secas… pero, igual que esperamos de una planta, quien la cuida necesita ver que salen nuevas hojas, flores y que creces con su ayuda.

En esto andamos, aunque con las cicatrices presentes. Si algo también sé es que no todas las personas que parecen ser buenos amigos lo acaban siendo. Diferenciar amistad de interés es algo que me cuesta mucho, y más aún cuando tengo tanto espacio disponible para ocupar. Muchas veces he priorizado de forma equivocada y creí que recibiría lo mismo que he dado. Y esto me frena, porque no quiero volver a equivocarme, a confundirme ni, mucho menos, a ser yo la que hace daño por llegar a la vida de los demás. Esto último también me ha pasado y es jodidamente difícil pisar el freno y cortar de raíz la relación con personas a las que tu forma de ser les hace daño (incluso sin querer).

La amistad es corresponsabilidad e implica mucho esfuerzo y autoconocimiento. Reconozco que he estado también mucho tiempo en el círculo tóxico de culpar a todo el mundo por no entenderme, jugando en la línea de fuego del victimismo. “Si este supiera”, “si aquel otro me entendiera”… cuántas veces salió por mi boca. Le debo mucho a mi terapeuta el arduo trabajo que hicimos para dejar de juzgar y buscar culpables cuando lo que dolía era mi propia herida.

¿Sabéis? Quizás nunca pueda llegar a tener muchos amigos, pero me siento muy satisfecha de poder hacer las paces conmigo misma por ello. Cuando lo pasas mal y experimentas sensaciones horribles en primera persona… si sabes recoger el dolor y lo abrazas, ese vacío infinito se hace más pequeño y la prisa por llenarlo desaparece.

Perdón a las personas que quise y dejé marchar, a las que defraudé con mi silencio, a las que alejé con mi autosuficiencia o a las que no supe escuchar cuando solo quisieron aconsejarme. Solo estaba sobreviviendo y olvidé cuidar a quien pretendía entenderme o sostenerme.

Hace un tiempo leía una frase en un libro que decía así: “A veces, ser una buena amiga significa saber cuándo callar y simplemente sentarte en el suelo junto a ella hasta que el mundo deje de girar tan rápido”.

Gracias a quienes han visto las estrellas conmigo 🤍


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