¿Os ha pasado? Silencio, vacío, mucha calma después de un tornado y, de repente, parálisis mental. No hablo de procrastinar, de posponer lo que debo hacer… hablo de sentarme literalmente en el suelo los días libres y quedarme así horas, mientras el reloj consume su tiempo.
He buscado entre las posibles causas, pero creo que la clave es que, por primera vez en mi vida, ya no tengo a nadie a quien salvar. Sí, es exactamente esto. He cerrado mi círculo, he huido del ruido ensordecedor, me he alejado de la toxicidad, he perdido a personas importantes, he decepcionado… y esta calma, a la que no estoy acostumbrada, llega por primera vez a mi vida. Ya nadie me necesita… pero, sobre todo, ya nadie ve mi paracaídas en la mochila y me llama para que lo despliegue y así ayudarle a salir del pozo. Estamos yo, mis libretas llenas de borradores, un piano que no logro aprender a tocar y muchos libros. No hay nada más, nadie más.
Esta sensación es nueva para mí. Estoy aprendiendo a estar sola por primera vez en mi vida. Sola de verdad, no buscando estar sola para poder escapar (como siempre hacía). Y es curioso, porque en medio de este silencio solo pienso en lo poco que me conozco y sobrepienso todo el rato, muchas veces de forma dañina y centrándome solo en lo que no ha funcionado en mi vida.
Echo de menos las conversaciones de horas, las de verdad, las que apenas existen. Pero ahora siento que siempre he disfrutado de ellas porque nunca busqué desahogarme realmente, sino no sentirme sola o, quizás, ser “de ayuda” a la otra persona de alguna forma. Hambre de sentirme vista, aceptada. Hambre de sentirme útil, validada.
Escuchaba en un podcast estos días una reflexión curiosa sobre los “nuevos comienzos” (que llevo tatuado en mi nuca). Hablaban sobre el vacío que sentimos a veces cuando hablamos con alguien que nos conoce de hace tiempo y de lo que aportan, otras muchas veces, conversaciones random con desconocidos que no pueden juzgar tu discurso, solo escucharlo y asentir. Pero, ¿qué injusto, no? A veces conocer a alguien debería acercarnos más… aunque yo siento realmente lo contrario. También creo que muchas veces ser uno mismo con un desconocido es más fácil porque no sientes miedo a fallar o a que piensen lo que quieran de ti.
Lo cierto es que intento abrazar esta sensación con el mayor cariño del mundo. Al final, esta etapa está siendo una oportunidad para “desintoxicarme” de todo lo negativo que he vivido y sentido. Para redescubrirme, volver a hacer aquello que me gusta y volver a escribir. No hago daño a nadie estando aquí sola, y la culpa disminuye, deja de apretar el pecho. Dentro de mí sigue ardiendo fuerte esa niña intensa que grita, que quiere reír, saltar, bailar, luchar contra las injusticias y vivir la vida. Grita fuerte, pero esta vez me toca calmarla. Hace años le di rienda suelta y prometí no volver a encerrarla, pero las circunstancias me enseñaron que no estoy preparada para que esa niña vuele en medio de todos mis cristales. No, mientras no entienda que no tiene el superpoder de cambiar el mundo. Lo he intentado, lo prometo, pero ha tocado desplegar las velas de este barco y cambiar el rumbo hacia un mar tranquilo.
Algún día encontraré el sentido a todo esto, igual que se lo he encontrado a todo lo malo que he vivido. Ahora estamos en boxes, estabilizando mis pulsaciones y aceptando con responsabilidad cada sensación y pensamiento. Algún día daré las gracias por tener la suerte de escuchar este silencio. Sé y estoy segura de que incluso por esto puedo sentirme afortunada
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