Primer domingo de mayo

Hace años, este día era especial. De pequeña me encantaba preparar en el colegio el regalo que mi madre recibiría en una mañana como esta. Lo escondía desde el viernes para que no lo viera y ese día me levantaba feliz para sacarlo de su escondite y llevárselo a la cama. Me daba las gracias, me metía en la cama en medio de ellos, remoloneábamos juntos un rato y luego íbamos a comer a casa de mi abuela materna. Cada año lo mismo.

Podría recordar esos momentos desde la tristeza, pero hace tiempo que decidí no hacerlo y no renunciar a lo feliz que era realmente. Por aquel entonces no veía la realidad; los problemas que nos rodeaban eran ajenos para mí. Solo era una niña con un apego muy grande hacia mi madre, que lo único que necesitaba era verla bien y feliz. Y creedme que mi energía se iba en ello. Era la típica que usaba la palabra “mamá” en todas las frases: “mamá, mira”, “mamá, ¿dónde estás?”, “mamá, ¿puedo…?”.

Hace tiempo que no hago este ejercicio, quizás por protección y para poder mantener firme la decisión que tomé hace un tiempo, pero… ¡qué buenos momentos he pasado a su lado! Su vida tampoco fue fácil. Ahora lo veo con la perspectiva suficiente y soy capaz de entender que todo lo que ha tenido que soportar haya sido el motivo de su actual rendición: vivir la muerte de un hermano con 19 años, fracturas familiares muy potentes y, quizás, una educación muy mejorable en la que, desde luego, el empoderamiento no supo lo que significaba. Un contraste de personalidad y modo de supervivencia totalmente contrario al de su propia madre, al de mi abuela, que, como una leona, sacó siempre su vida adelante sin perder el foco ni las ganas de vivir.

Lo cierto es que, en días como el de hoy, igual que en otras muchas fechas importantes, toca alejarse del foco. Las redes sociales se llenan de felicitaciones a madres nutritivas que, mejor o peor, han mantenido y siguen manteniendo su rol: el de cuidar y acompañar. Madres presentes, madres que apoyan y empujan a sus hijas e hijos a ser felices. Madres que abrazan a sus retoños rotos cuando las cosas salen mal. Madres que, cuando se van, dejan vacíos enormes.

Y en esto también toca mantener la calma y ser prudente. Porque esa madre nutritiva, en mi caso, ha desaparecido entre sus circunstancias y decisiones. Decidió priorizar su mochila cargada de piedras y ahogarse con ella. Olvidó que un día tuvo una hija que la necesitaba, dispuesta a perdonárselo todo, que la cogió fuerte de la mano y le propuso escapar lejos y empezar de cero: sin ruido, sin pasados dolorosos. Pudo más su pasado que su presente vivo, de ojos verdes, que le pidió de rodillas muchas veces un abrazo de verdad. Fue más fuerte su dolor y su resignación, su falta de visión de futuro y su agotamiento mental. Pudo más el miedo a huir que la esperanza de ser feliz.

Y es inevitable que, a lo largo de mi vida, me haya cruzado con personas que, un día como hoy, sienten el mismo vacío que yo: el de tener que pasar de largo por un día que podríamos estar celebrando, porque nuestra madre sigue viva, aunque solo sea porque sus pulmones siguen cogiendo aire y su corazón latiendo. Y es complicado entender esto, entender que a veces las cosas no son como deberían ser; que también hay hijos que actúan como madres y que hay madres que renuncian a sus hijos. Nadie nos enseña que lo que un día tuvimos y pensamos que iba a ser nuestro apoyo incondicional se iba a alejar, a enfriar, que sus brazos iban a volverse rígidos y su mirada fría. Es injusto, pero también forma parte de la realidad, y pocas veces se visibiliza nuestra fortaleza por aprender a entender algo tan complejo.

Abrazo fuerte a quien un día como hoy echa de menos, e incluso nunca supo lo que significaba el calor de un abrazo de su madre. A todas aquellas personas que han tenido la suerte de poder sentir ese calor en abuelas, tías u otra figura. Abrazo a quienes ya no las tienen cerca, pero han podido disfrutarlas y aprender de ellas.

Mientras, en mi caso, seguiré en calma y observando de lejos lo que la vida quiera devolverme. Tras más de 13 años, dudo mucho que el abrazo a una botella se vaya a sustituir nunca por un abrazo real a una hija que ya no siente suya. Dudo que quede el más mínimo atisbo de verdad y amor en su día a día, lleno de justificaciones para poder beberse a grandes sorbos minutos de vida. Dudo incluso que pueda haber un último abrazo, un perdón por su parte, una explicación de por qué mis ojos llorosos y mis súplicas nunca han tenido el peso suficiente para dejar el alcohol. Dudo y entiendo. Entiendo también que una adicción hace que tu visión de la realidad se difumine, pero no entenderé nunca por qué a mí y por qué yo.

Días como el de hoy soy consciente de que aquellos que me han juzgado, incluso por mis horribles decisiones, celebran hoy —seguro que sin ser conscientes— la suerte que tienen de poder seguir pronunciando la palabra “mamá”. A todos ellos les diría que cerrasen los ojos y disfrutasen el momento, porque la fortuna en la vida se mide en esos instantes.

¿Sabéis? Pese a todo, enhorabuena a los que también somos capaces de seguir adelante sin esa figura. Sobre todo a aquellos que son capaces de romper vínculos que no son nutritivos. Eso no nos convierte en peores personas… y sé que quienes lo habéis tenido que hacer entendéis todo lo que dejo aquí escrito.


Descubre más desde Volando entre cristales

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Posted In ,

Deja un comentario

Descubre más desde Volando entre cristales

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo