Durante muchos años he admirado siempre a las personas que tenían una afición, algo que les gustaba hacer, algo que se les daba bien. Yo nunca tuve nada de eso. Tampoco fui una gran estudiante; me costaba mucho tener buenas notas y mi cabeza empezó, a muy temprana edad, a preguntarse cuál sería la utilidad, en mi yo adulta, de todo lo que nos hacían masticar (ahora confirmé que para muy poco).
Se me daba bien nadar, pero nunca pude llegar lejos en ello por mis miedos, por no ser una carga en casa en la lucha de un sueño y porque sabía que mis padres no se podían permitir muchos gastos en aquel momento. Era creativa, aunque solo en mi cabeza… no sé dibujar, no sé tocar instrumentos, tampoco tengo mucha paciencia para nada de eso. Me gusta leer, sí, pero he tenido temporadas de no tocar un libro. No soy experta en nada, friki de nada. Solo me han felicitado a lo largo de mi vida por mi letra bonita (eso dicen) y quizás también por tener una especie de “don” oculto para escribir. Sí, escribir. Justo lo que estoy haciendo en este sitio… vomitar lo que pienso sin muchos adornos, escribir lo que siento sin demasiadas florituras.
Tengo la casa llena de libretas sin empezar y otras muchas con hojas llenas de esquemas, pensamientos y momentos especialmente duros de mi vida. El bolígrafo y el papel me han acompañado siempre, aunque nunca le haya dado importancia. Nunca fui consciente de que la escritura era mi vía de escape real, mi refugio incluso en momentos en los que no encontraba consuelo en nada ni en nadie. Libretas pequeñas, grandes, preferiblemente sin cuadrados y con una portada bonita que me inspiraba a comprarlas o que han sido el regalo de alguien que me conocía y que, en algún momento, vio que podría darles uso. Apenas hablé de esto con nadie. A nadie le dije nunca lo que escribía cuando nadie estaba mirándome.
Estos días he estado leyendo muchas de esas líneas escritas por versiones de mí en las que, por suerte, ya no me reconozco. Me da pena leerme, porque hacerlo me hace consciente de lo sola que me he sentido y del desamparo en el que he vivido tantos años. Rabia, dolor, impotencia, frustración… pero siempre con finales abiertos a la esperanza de que algún día podría llegar a ser feliz y que cualquier pesadilla que estuviese viviendo terminaría en algún momento.
2020: “(…) siempre tuve una pequeña ilusión por creer que en algún momento las cosas iban a ir bien, que el rumbo de mi vida iba a cambiar, que la sonrisa iba a grabarse permanentemente en mi cara… que la tormenta pasaría. Lucho cada día por sacar lo mejor de mí misma, por hacer las cosas bien, por superarme, por mejorar… pero llega el momento en el que empiezo a flaquear, a necesitar que alguien me grite: ‘sé fuerte, todo va a estar bien’ (…)”.
He tenido que tocar muy fondo para poder entender que lo que la vida ha querido decirme era que tuviese mucha calma y esperase a encontrar el verdadero significado de todo: no era necesario un abrazo, otra persona o un refuerzo positivo para poder llegar a estar en calma y sentir paz conmigo misma. No era necesario seguir gritando cerca de personas que no me escuchaban. No se trataba de eso.
Con todo esto quiero decir que, a través de todo lo que he escrito, pude darme cuenta de que es algo que puede que se me dé bien más allá de ser un canal del dolor. No he estudiado literatura ni tengo ninguna formación en la materia, pero siempre escribo lo que siento y eso creo que forma parte de mi verdadera esencia. Me encanta escribir para desahogarme, pero también para decirle a los demás lo mucho que me importan y todo eso que veo en los que quiero y que tanto valoro al no tenerlo: que me dediquen tiempo y me digan que yo también puedo llegar a ser importante.
¿Mi sueño? Quizás sea publicar un libro. No ahora, pero sí cuando pueda dejar de ver arder muchas cosas que aún siguen con el fuego activo. Darle forma a todos esos pensamientos desordenados, a mi historia. Resumir en un pequeño manojo de folios lo que llevo años callando. Quizás sea la tirita definitiva para curar heridas que me han hecho todos los cristales que rompí —o rompieron— en mis narices y que me han impedido verme y darme el valor humano que yo también necesito.
Para mí, escribir es sanar, condensar emociones, transcribir a palabras lo que mi cabeza y mi corazón intentan gritar. Es cerrar capítulos, hacer las paces conmigo misma, presentarme, despedirme, dar las gracias, pedir perdón. Es dejar constancia, regalar, apreciar lo minúsculo, exprimir a mi yo y dejar huella en quien conozco, a dónde voy, con quién puedo ser la versión de mí misma que necesito.
Escribir es mi lenguaje, la fórmula de mi vida. Esa fórmula gracias a la cual conseguí dar mi primer beso, agradecer a quienes he querido, valorar a los que he admirado, comunicar lo que he sentido, esconder mis miedos, gritar mis silencios, redactar muchos de los discursos que he podido dar en mi vida.
Escribir calma mis fantasmas y la verdad es que no me importa hacerlo bien o mal. Tampoco sé si se me da mejor o peor. Solo quiero seguir pudiendo hacerlo y que siga siendo la electricidad que no puedo canalizar de la intensidad con la que siento.
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