Día de celebración. Sobre todo para aquellas personas que saben lo que significa seguir viviendo gracias a la donación de órganos.
Por mi historia personal y, sumando ahora también la laboral, no puedo pasar por este día de forma indiferente.
Todo empieza por un teléfono que nunca sonó antes de que fuese demasiado tarde: el de mi padre. Y continúa con todas las sonrisas que he podido ver a lo largo de estos años, comprobando cómo muchas otras historias sí pudieron seguir escribiéndose gracias a una decisión tomada en vida o gracias a familiares rotos que, en el peor momento imaginable, encontraron la generosidad necesaria para decir sí a la donación de órganos de un ser querido.
Me sigue sorprendiendo que, viviendo tan inmersos en información que nos llega desde todos los lados, este tema continúe siendo tan desconocido para muchas personas. Por eso son importantes días como hoy. Porque nos recuerdan que donar órganos tras fallecer no cuesta nada y que, gracias a un gesto tan sencillo, pueden salvarse muchas vidas.
Por si alguien quiere informarse o dejar constancia de su decisión, os dejo el acceso al documento de instrucciones previas o testamento vital. Es una de las formas legales más adecuadas para reflejar nuestra voluntad. Una especie de testamento en el que decidimos qué queremos que ocurra cuando ya no podamos hacerlo por nosotros mismos.
Este está siendo un año especial para mí. Es la primera vez en más de una década que no formo parte activa de esta jornada. Y, sin embargo, aquí estoy. Quizás convertida en un silencio ruidoso. Quizás en ese segundo plano donde la vida me ha ido colocando poco a poco y donde hoy encuentro espacio para escribir y recordar todas las historias que he escuchado y de las que he sido testigo.
Antes de sentarme a escribir pensaba en mi padre. Pensaba también en esas señales que la vida parece empeñarse en enviarme desde que él no está. Esas en las que no quiero creer, pero que aparecen. Las que hacen que siga sintiendo la necesidad de sembrar la importancia de la donación de órganos para que cada vez menos personas se queden a las puertas de una segunda oportunidad como le ocurrió a él.
Pienso también en quienes nunca podrán acceder a un trasplante. En quienes se niegan por miedo. En quienes me dicen, nerviosos y con una sonrisa tímida, que ya están en lista de espera y cuyos ojos destellan ilusión. Pienso en todas las personas que he conocido durante estos años y que han aprendido a valorar cada día como un regalo después de recibir una segunda o incluso una tercera oportunidad.
Pienso en los abrazos que di, en las manos que apreté, en las miradas cómplices y, sobre todo, en las llamadas de aquellas personas que, minutos antes de irse al hospital, me hicieron partícipe de su suerte.
La donación de órganos forma parte de mi vida. No porque la haya vivido en primera persona, sino porque he tenido el privilegio de acompañar a muchas personas que sí lo han hecho. Y es una suerte, ¿sabéis?
Las conversaciones con la mayoría de ellas tienen una carga emocional difícil de explicar. Muchas veces escucho que viven con una especie de “contador hacia atrás” que les hace valorar la vida de una manera muy especial.
Y siempre pienso lo mismo.
Ese contador existe para todos.
La diferencia es que algunas personas han tenido que mirar a la muerte de frente para ser conscientes de ello.
Así que hoy no solo quiero hablar de donación. También quiero hablar de vida. De aprovechar el tiempo, de abrazar más, de postergar menos y de recordar que ningún día está garantizado.
Si algo he aprendido de todas estas historias es que una segunda oportunidad es un regalo inmenso. Pero la primera también debería serlo.
En fin, os animo a pensarlo, hablarlo, debatirlo y, sobre todo, dejar constancia de vuestra decisión en vida.
Porque cuando llega el momento, saber qué quería esa persona puede convertirse en el mayor acto de amor para quienes se quedan.
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