Mirarme en mi propio espejo

Ser sincera. Ser clara. Conmigo misma y con los demás. Ser honesta, aunque duela o genere situaciones incómodas. Adueñarme de mi verdad. De eso está tratando mi vida últimamente.

Si algo me ha caracterizado siempre, fue esa forma sutil y a la vez ruidosa de irme de vidas ajenas cuando sentía que algo no estaba bien o había cosas que me habían dolido o hecho daño. Me iba, desaparecía, hacía bomba de humo y me protegía en mi propia cueva de ser vista durante largas temporadas, hasta que el dolor amainara y tocase volver a empezar de cero.

Era una buena estrategia, cierto es, para evitar el conflicto y dejar que el tiempo hiciese lo suyo con la rabia o el dolor. Pero, si de algo me he dado cuenta, es de que también ha sido la baza perfecta para que muchas personas pudiesen poner en mi boca palabras que nunca dije o culparme de hechos que distaban mucho de la realidad. Porque es lo que tiene no saber cómo gestionar el conflicto cuando ya tienes tanto que no buscas más: que, cuando puedes evitarlo, lo haces a toda costa. O, al menos, eso me pasaba a mí.

Con el tiempo, y sobre todo tras ver cómo he dejado atrás momentos y personas que han sido muy importantes en mi vida, puedo asegurar que hoy le doy más valor que nunca a esas conversaciones que nunca hemos tenido o que yo misma no tuve por miedo a fallar. Puede que ya haya terminado mi etapa de culpar a los demás de todos mis problemas. Puede que haya asumido la responsabilidad que me corresponde y que, por fin, haya entendido que soy dueña de mis actos y de mis palabras, aunque a veces me equivoque y pueda fallar.

Recuerdo cuando mi mayor miedo era precisamente ese: equivocarme, defraudar a los demás, quedarme sola, sentir el rechazo o no estar a la altura. Me he dejado la piel en muchos trabajos, con muchas amistades, en relaciones y proyectos. Di siempre lo mejor de mí, lo prometo: horas, ideas, energía. Pero, en todo ese esfuerzo, me fallé a mí misma.

Mientras intentaba satisfacer a los demás, olvidé que toda esa rabia que sentía, esas malas contestaciones que recibía o las veces que infravaloraron mi esfuerzo, eran realmente lo importante. Era lo que tenía que estar en primer plano. Lo que reclamaba una versión de mí más fuerte, capaz de poner límites y ganarse el respeto de quien la rodeaba en cada momento.

Desde la calma, ahora valoro cada palabra. Valoro poder decir lo que pienso y lo que siento sin miedo, aunque me juzguen por ser “intensa” o por entender la vida de la forma en que lo hago. Cargo con mi mochila desde hace años y he perdido muchas oportunidades por intentar agradar. Incluso he dejado de ser yo misma y me he dejado arrastrar por personas o situaciones que me hicieron actuar de formas que hoy sé que no fueron las correctas.

He confiado mucho (y lo seguiré haciendo). Me hice daño intentando ayudar a los demás…y ahora toca recoger todo lo aprendido y devolvérmelo a mí misma de la forma más sana que sé.

Hace unos días tuve una de esas conversaciones sinceras. He llegado a un punto en el que las consecuencias han dejado de ser lo más importante. Hoy pongo más valor en todo lo que necesito decir, en mi perspectiva de las cosas y en mis sentimientos. Ya no busco caras amables frente a mí ni la aprobación constante de quienes me rodean. Solo busco bajar pulsaciones y estar tranquila sabiendo que, además de dar lo mejor de mí, también soy capaz de no avergonzarme cuando no cumplo expectativas ajenas.

No sé si logro expresarme. Espero que se entienda.

Tras una vida mirándome en el reflejo de espejos ajenos, va tocando hacerlo en el mío propio.


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