Quizás sea el precio de la libertad junto a una buena dosis de autosuficiencia y sentimiento de carga hacia los demás. Lo noto especialmente cuando las cosas no andan bien de salud y mi cabeza empieza a presentar diferentes escenarios complicados en los que pienso que puedo necesitar la ayuda de otra persona.
Estoy en urgencias. Podría escribir un libro sobre las cosas que veo aquí: caras desencajadas de dolor, familiares que ni se miran, personas aburridas y enfadadas por esperar, miradas perdidas y, como yo, muchas caras instaladas en el teléfono para ayudar a sobrellevar el eterno tiempo de espera. Es curioso cómo, entre decenas de personas, solo la señora que tengo al lado está leyendo un libro. Hace un rato me sonrió ofreciéndome un chicle y, aunque parezca una tontería, me hizo pensar en lo mucho que a veces pueden significar los gestos más pequeños.
Supongo que cada persona gestionará estas circunstancias desde su propio prisma, pero en momentos como este a mí siempre me asalta la misma sensación: la carencia, la soledad, la falta de apoyo incondicional. Y lo tengo. Soy consciente de que lo tengo si cojo el teléfono y llamo. Sé que hay personas que vendrían si las necesitase. Pero choco siempre con la misma sensación de sentirme pesada y pensar que me estoy aprovechando de los demás.
Es un quiero pero no debo.
Un debo que me invento.
Un debo impuesto por mi historia.
La eterna y agonizante sensación de sentirme una carga y no saber cómo gestionarlo. Me molesta necesitar, pero también me duele sentirme sola. Juro que busco la forma de entenderme, de encontrar un equilibrio entre ambas cosas, pero no es sencillo hacerlo.
Cuando uno está mal de salud se acuerda sobre todo de ese niño que buscaba amparo cuando necesitaba refugiarse en unos brazos. El refugio que ahora yo no tengo. O quizás el que siento que me falta desde hace tantos años.
Eso es lo que realmente veo aquí.
Veo parejas, padres, madres, compañía. No analizo cómo están, ni si esas relaciones son sanas o nutritivas. No pienso en sus problemas ni en sus discusiones. Solo veo dos personas sentadas juntas. Dos cuerpos pegados.
Y para mí eso ya es suficiente para sentirme minúscula.
Precisamente este fin de semana tenía una conversación relacionada con todo esto. Cuando en la vida decides no amoldarte a lo que te viene impuesto y tomas la decisión de alejarte de todo aquello que no te aporta en positivo, incluyendo a veces la propia familia, corres también el riesgo de perder ciertas cosas por el camino. Entre ellas, la oportunidad de tener un abrazo en momentos como este.
Y no me malinterpretéis. No estoy hablando de arrepentimiento. Sé perfectamente por qué tomé muchas de las decisiones que he tomado y también sé que algunas eran necesarias para poder sobrevivir. Pero eso no significa que no duelan las consecuencias.
Si me preguntas, mi respuesta siempre será la misma.
“No hace falta.”
Pero si me miras de verdad, probablemente la mirada dirá algo completamente distinto.
Porque después de tantos años intentando ser fuerte, independiente y capaz de sostenerme sola, todavía no he aprendido del todo que necesitar a alguien no me convierte en una carga.
Y quizás ahí esté una de las lecciones que aún me quedan por aprender.
Deja un comentario