Hay aniversarios que probablemente no pudiesen celebrarse

He hablado ya mucho sobre mi historia, sobre cómo he logrado salir a flote de muchos capítulos tormentosos. También he mencionado la culpa, la rabia, la impotencia o el dolor que he sentido en muchos momentos, o también lo mucho que todo ello me ha enseñado. He normalizado la fortaleza de seguir, de salir a flote, de hacer frente a todas las adversidades… tanto, que en algún momento esos cristales que rodean mi vida han cortado lo suficiente como para dejar que mis heridas sangrasen sin que eso me preocupase.

Pero, ¿y si confieso que también hubo un día que tiré la toalla? Porque sí, lo he hecho. Me rendí y quise dejar de sentir ese nudo en el pecho que me quitaba el aire cada vez que quería respirar. No lo hice por cobardía, aunque pueda verse así; solo lo hice por dar al botón de “pausa” a una situación en la que no encontraba salida.

Siempre he jugueteado mentalmente con la posibilidad de escoger el camino “fácil” y rendirme a lo que me parecía ya una mala broma del destino. Un cúmulo de fracasos eterno y un hueco en el mundo que todavía no sé ni sabía ocupar en ese momento. Quizás esto último haya sido lo que más pesaba: no saber a dónde pertenezco ni quién soy exactamente, lejos de las opiniones ajenas o de lo que otras personas puedan pensar de mí. Hoy lo veo claro, sobre todo porque justo en el momento en el que cometí el primer error grave de mi vida, justo en ese instante, todo lo bueno se cayó al suelo como un castillo de naipes y se redujo a una culpa propia y ajena tan condensada que no supe gestionar.

Ahora lo veo con perspectiva, sin juzgarme y considerando objetivamente que soy afortunada por poder estar escribiendo esto y aprender de aquel dolor que oprimía mi pecho. Incluso de un puño en alto, de muchas mentiras y de dejar que jugaran con mi vulnerabilidad en muchos momentos, pude aprender a ver algo: fui lo que otros quisieron y me olvidé de mí misma. Y con esto no quiero responsabilizar a las personas que me hicieron daño, porque es fácil caer en esa tentación también. Hoy sé que mendigar cariño y reconocimiento con hambre de ser vista tiene muchas consecuencias y ya he trabajado lo suficiente en mí misma para asumir cada error que pude cometer por ello. Hoy entiendo mi historia, mis decisiones y abrazo a la enana que, compungida, miraba al mundo con ojos vidriosos buscando algo que solo yo podía darme: respeto y validación.

Hace un año, en el hospital, creía imposible ver la luz al final del túnel. Cuando abrí los ojos maldije de nuevo mi mala suerte porque aquel intento había salido mal. Estaba agotada y necesitaba paz… eso es exactamente lo que le dije a la profesional que me atendió: “Necesito parar esto” (señalando mi cabeza). Lo que no sabía en aquel momento es que aquel dolor iba a suponer un impasse necesario para mi vida, por lo menos hasta el momento.

Desde hace un año he rebajado mucho mi nivel de exigencia conmigo misma. Me he mirado mucho al espejo y he aceptado lo que en él se refleja, aunque nunca acabe de ver lo que realmente busco y solo encuentre un cúmulo de defectos internos y externos. He pedido perdón y he perdonado. He vuelto a abrazar. He dicho lo que siento. He llorado y reído de verdad. He escrito mucho y he pasado tiempo sola ordenando mi vida (o intentándolo, al menos). Dije adiós a las mentiras (también a las que me contaba a mí misma). Me despedí de personas que han sido importantes en mi vida, incluso sin poder hacer ese cierre en persona. He buscado paz y la traje a mi vida. Hoy ella y la culpa desayunan juntas conmigo cada mañana y, con calma, debaten quién debe ganar cada día la partida.

Este último año supe lo que era perderlo todo porque hace 365 días me perdí a mí misma. Es una sensación que sé que muchas personas experimentan y que, sin embargo, sigue siendo muy difícil de verbalizar. Durante mucho tiempo pensé que hablar de ello implicaba reconocer una debilidad o asumir un juicio ajeno que no estaba preparada para soportar. Hoy lo veo de otra manera. Entiendo que hay dolores profundos y silenciosos que desde fuera resultan imposibles de medir. Nadie puede saber cuánto pesa la mochila que carga otra persona ni cuánto tiempo lleva intentando sostenerla. Por eso, más que juzgar, creo que deberíamos aprender a escuchar, a acompañar y a hablar de aquello que duele antes de que el silencio se convierta en el único refugio.

Pero hoy lo relevante es que sigo aquí y agradezco cada mano tendida desde aquel momento. Lo valoro mucho, de verdad. Aunque sigo buscando el “para qué”, como los grandes filósofos, espero poder encontrarlo algún día e incluso compartirlo por aquí.

Lo que sí tengo claro es que, desde entonces, cada día reduzco más mi lista de conversaciones pendientes y de cosas importantes por hacer, sobre todo aquellas que me hacen sentir y ponen los pelos de punta. Puestas de sol, un buen libro, mirar el cielo por las noches, escuchar música, mirar a los ojos, abrazar, agradecer y, sobre todo, hacer saber a las personas que quiero lo valiosas que son.

Me prometí a mí misma que todo lo que he buscado durante tantos años iba a intentar ofrecerlo también cuando así lo sintiese. Da igual la forma o a quién. Da igual si es una persona que trabaja conmigo o el vecino del lado. Todos, absolutamente todos, merecemos una palabra amable y un gesto de reconocimiento cuando hacemos las cosas bien.

Ese es, quizás, el único sentido que he conseguido encontrar hasta ahora: intentar dejar un poco más de luz de la que había cuando llegué, sin necesidad de encender grandes focos.


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