Todo lo que no dije

Mientras el tiempo pasa e intento curar cicatrices, muchos frentes de mi vida  siguen abiertos. Los hechos que hacen daño son puntuales, pero hay capítulos que no han dejado de escribirse y siguen su curso.

Esta entrada nace desde la rabia tras darme cuenta de que he callado tanto a lo largo de mi vida, que soy víctima de mi propio silencio. Vivir en un pueblo pequeño es maravilloso, pero también doloroso si un día tienes la «osadía» de cometer un error. En este caso la cruz una vez que la has ganado, la llevas colgada para siempre. 

Como decía, ojalá una mala racha o etapa tuviese un principio y final concreto, pero no es así. Hay historias que siguen escribiéndose y consecuencias que siguen viniendo justo cuando menos lo esperas. Y da igual el trabajo terapéutico que lleves hecho, que hayas reflexionado, que hayas gestionado incluso como vivir con culpa y dolor. Cuando te das cuenta de que te has convertido para siempre en «una parte de una historia mal contada», el nudo en el pecho reaparece y con él la frustración por no haber sido capaz nunca de «defenderme».

No me considero buena persona ni mucho menos, sobre todo cuando soy muy crítica conmigo misma y el 90% de mi tiempo libre lo consumo en analizar mis aciertos y errores en la vida. No considero que tenga una vida ejemplar ni que pueda ser referencia nunca para nadie. Pero sí que considero que he callado tanto que he llegado al punto de darme cuenta que «lo que dicen y piensan los demás», se ha convertido en una cárcel para mi.

No me gustan los conflictos abiertos y he preferido siempre dar pasos atrás antes de defenderme cuando estaba inmersa en un conflicto. He huído durante años de los dedos que me señalaban juzgándome como mala hija o tras escuchar medias historias sobre mi vida. Con la familia, con personas conocidas, en el trabajo. Nunca he sido capaz de «defenderme», ni siquiera de poner límites. 

La cuestión es que ahora que las aguas parecían haber calmado un poco, que he hecho el duro trabajo de analizar y aprender, de perdonar y perdonarme…cuando alguien me señala o me recuerda lo que «hice mal», me paralizo. ¿Por qué? Porque yo entiendo que la defensa es «justificación» y mi cerebro piensa que «justificarse es de cobardes».

Solo me gustaría con todo esto que se entendiese que nadie es «una parte de lo que te han contado» y que a veces aunque los capítulos se hayan escrito con sangre, eso no te convierte directamente en una persona que necesite irse a la cárcel. Creo que lo más difícil es aceptar que has errado, pero no es justo que ese error sea tu identidad a partir de ese momento. Por eso ya no juzgo historias de nadie…porque cuando tocas fondo y eres capaz de entonar el «mea culpa», entiendes que todas las personas vivimos inmersas en nuestras propias vivencias y que nadie debería ser juzgado por algo que no ha vivido en primera persona.

Hoy, desde la calma y el detonante que me ha llevado a escribir todo esto, busco mi propia justicia. Nadie va a ser capaz de calzar mis zapatos y caminar 33 años con ellos para entender cada matiz de mi vida. Por eso estoy dejando de buscar ser entendida y aceptada, de buscar miradas cómplices, ayuda, comprensión.

Llega un momento en el que solo necesitas calma al final del día, que nadie te juzgue, que el silencio se vuelva amigo. Pero también, en este momento, llega la oportunidad de levantar la cabeza y olvidar la vergüenza de ser humana y haberse equivocado.


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